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‘Olor de aceituna’

Trece cuentos, tres ejercicios de escritura creativa y dos perfiles éticos constituyen la obra. Una sobrina me comparte un audio de una amiga de ella, colombiana residente en España, quien con voz entusiasta se refiere a los cultivos de aceituna en la provincia andaluza productora de oliva, donde ella vive. Esto me permite aclarar que las aceitunas que dan origen a la metáfora son las que caen de frondosos árboles en muchos patios y aceras de Riohacha y de lugares a la vera del Ranchería, un fruto parecido a una uva a la que los wayuú llaman Iruwaa. Es menester entonces profundizar en las razones semánticas y semióticas del título de la obra como invitación a su lectura y como diálogo desde las dos principales estéticas que subyacen al estudio de la narrativa: la de la creación y la de la recepción, autor y lector. La metáfora de los olores y los sabores de la aceituna está asociada a la memoria, a los recuerdos de infancia, al atavismo promiscuo de nuestra herencia patriarcal, a lo que brota de la tierra en la secular sequía, a la lucha contra el olvido, a la resistencia de naturalizar nuestros problemas sociales como reafirmación de la dejadez, a la intrepidez de nuestros mayores que abrían caminos por tierra y mar para romper el aislamiento a guisa de ser señalados desde el centro como contrabandistas. ‘Olor de aceituna’, historia que le da nombre a la colección, es un cuento liminar seleccionado en 2017 como texto representativo del taller ‘Cantos de Juyá’, para hacer parte de la Antología Nacional Relata del Ministerio de Cultura. La aceituna o el aceituno, es por tanto significado y símbolo. La aceituna se metamorfosea en memoria y nombre, aunque no todos los relatos tengan su olor o su sabor. Trece cuentos, tres ejercicios de escritura creativa y dos perfiles éticos constituyen el contenido que en 145 páginas develan la convivencia conflictiva entre lo posible y lo imposible propio del realismo fantástico señalado por David Roas (2009). El 7 de junio en Aurora Restaurante Museo, ubicado en el Callejón de los Capuchinos tuvo lugar el evento de presentación. En una sociedad cuyos índices de lectura se mantienen por debajo del promedio nacional, en la que no hay una sola librería mientras estallan como crispetas las licoreras, convocar una audiencia es un desafío enorme y si adicionalmente, hay que pagar, extrema sus riesgos. No obstante, contra todo pronóstico, no alcanzaron las sillas y la programación mantuvo expectante y animada la velada de principio a fin. Yizza Peñaranda, maestra en música, intérprete del violonchelo y Esneider Pinedo, pianista y guitarrista, ambos de Fonseca, con un variado repertorio de clásicos como ‘El almirante Padilla’ y temas de su autoría, amenizaron la fresca noche evocando aires con notas cuyas melodías se conectan con los relatos por su juglaría compartida. La creadora de contenido y narradora oral Natalia Durand, monologó y con lectura en voz alta, representó un fragmento de una de las historias de la colección como introducción a la conversación entre el autor y la historiadora y escritora Caridad Brito Ballesteros. En Valledupar, la cita fue el 12 de junio bajo el auspicio de la Fundación Filarmónica del Cesar y el impulso de un colectivo literario liderado por ‘Poncho’ Camargo y César González. El docente y lingüista Peng de la Peña Pérez propone el siguiente comentario de crítica literaria sobre ‘Olor de aceituna’. “Todo esto lleva a pensar en la existencia de una relación directa entre los olores y los recuerdos, el llamado efecto Proustiano.  Por eso cuando el personaje siente por primera vez el olor de la aceituna en el patio de esa inquietante casa, el aroma queda impregnado en su subconsciente, tanto que trasciende con él el resto de su vida. “El olor me atrapó, produciéndome un vértigo, incrustándose en mi piel, pegándose a mis sentidos”. Por eso, la necesidad de escribir los recuerdos vividos y emocionalmente intensos del pasado se convierte en la búsqueda de sentido. “Un relato autobiográfico donde la voz narrativa que da vida al personaje comienza a experimentar una serie de sensaciones nacidas del despertar sensorial del contacto con el pasado, de la rememoración activada por el sentido del olfato”. Por un momento el guirigay de la noche nos anunciaba que la ciudad despertaba y aún absorta observa que la literatura le ha tomado la delantera al desorden. Los exostos destemplados de los carros y motos se juntan con la algarabía y los decibeles de los reyes de la penumbra reclamando su preeminencia en la Circunvalar y la Primera. Sin gritar, seguimos susurrando las andanzas de Ceferino, las razones de por qué el agua solo llega los jueves, el aliento chirrinchoso de los asesinos de ‘Gabi’, inventariando la pacotilla de Nina, midiendo los sueños de Alberto mientras se orinaba solo y evitando que a la Sara de Tobías le pusieran la mano. ‘Papayí’ y ‘Cochise’ nos tributan su obra y sus versos. Mientras un centenar de amigos esperan el final de estas historias, cuando el libro ha ido a dar a sus manos.

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Del Carbón viven muchos: ética y futuro del Cerrejón

En medio del ruido político y las tensiones internacionales, Cerrejón ha estado en el centro del debate público. Se le señala con facilidad como la causa de todos los males de La Guajira, pero conviene revisar los hechos con serenidad, porque convertir a la principal fuente de inversión de la región en blanco de polarización es peligroso. La relatora especial de Naciones Unidas, Francesca Albanese, afirmó que el carbón que alimenta la industria israelí también alimenta un conflicto que califica como genocidio. Su señalamiento encendió las alarmas éticas a nivel global y La Guajira no puede ignorar el debate. Cerrejón ha sido enfático en que cumple la ley colombiana, incluido el Decreto 1047 de 2024, y que no ha exportado carbón a Israel desde el 3 de agosto del año pasado. Las declaraciones oficiales que insisten en vincular a la empresa con exportaciones posteriores no han sido acompañadas de pruebas claras, lo que genera más confusión que certezas. En este contexto, sorprende que la respuesta del Gobierno haya sido pedirles a las comunidades que bloqueen la salida del mineral. Más allá de la indignación legítima que genera el conflicto en Gaza, un jefe de Estado no puede delegar su deber institucional en vías de hecho ni usar a la ciudadanía como herramienta de presión. Para eso existen mecanismos legales: si hay violación normativa, se debe investigar y sancionar, haciéndolo desde la institucionalidad. El presidente debería haber sido el primero en entrar a Cerrejón, escuchar a los trabajadores, hablar con las comunidades, mirar el territorio más allá de los discursos. También es momento de hablar del otro silencio. En La Guajira se escuchan cada vez con más frecuencia las noticias sobre recortes de personal en Cerrejón. Las olas de despidos son señales claras de que la empresa empaca maletas. ¿Qué vamos a hacer para que no queden en el aire más de 10 mil empleos y no colapse la economía local? En Hatonuevo, se realizará una audiencia pública impulsada por el Gobierno, para exigir el cese inmediato de cualquier exportación de carbón a Israel. SI el Gobierno se lo propone, ese espacio debe servir, no para polarizar más, sino para poner sobre la mesa todos los elementos. Cerrejón, como empresa, tiene responsabilidades enormes. No solo cumplir la ley, le toca atender con transparencia los cuestionamientos éticos que hoy están sobre la mesa. Entre ellos, las denuncias persistentes sobre enfermedades respiratorias y cáncer en las comunidades cercanas a la mina. Este no puede seguir siendo un tema secundario, necesitamos un seguimiento epidemiológico que permita mitigarlo. Ni la estigmatización política ni la defensa ciega construyen futuro.

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Obituarios de animales

Queremos más a nuestros parientes si compartimos toda una vida con ellos y no solo por los vínculos de consanguinidad. “El cariño nace del roce”, dicen las ancianas guajiras. En ese mismo sentido las relaciones afectivas con los animales que viven en nuestro hogar están mediadas por la protección que les damos, la frecuente interacción emocional y la residencia compartida. Los considerarlos como parientes no humanos. En abril del año 2003 un periódico del Estado norteamericano de Iowa publicó un obituario dedicado a Bear, un labrador negro que había fallecido una mañana de ese mes a sus trece años de edad. Era el primer obituario que se le hacía a un animal en ese medio de comunicación y su publicación desató una intensa tormenta emocional. Como la nota póstuma de Bear, el perro, estaba al lado del obituario de Georgi, el humano, la cuñada del segundo estalló de indignación y en una carta al editor del diario consideró la nota como desagradable e irrespetuosa. Los obituarios de este tipo nos llevan a discutir el valor y la dignidad que otorgamos a las vidas de animales y humanos. Esta discusión, tan oportuna como pertinente, está recogida en un artículo de la antropóloga Jane Desmond, profesora de la Universidad de Illinois, llamado: Animal Deaths and the Written Record of History. De los obituarios se ha dicho que tienen que ver más con la vida que con la muerte. El deseo de escribir un obituario surge cuando se trata de la muerte de seres queridos cuya partida afecta nuestro ánimo y nos lleva a vivir un genuino estado de luto. Los indígenas wayuu pueden llorar cuando muere una vaca que fue entregada como pago por la muerte de un tío materno. Inevitablemente las dos muertes se encuentran vinculadas y la ocurrencia de la muerte del animal revive la de su pariente humano. El pensamiento occidental ha levantado una barrera ontológica insalvable entre la humanidad y la animalidad. Con frecuencia se objetifica a los animales como si se tratase de simples mecanismos vivientes y se les percibe como animados relojes de cuerda. Olvidamos, sin embargo, nuestra condición de primates y, por tanto, nuestra propia animalidad. La tradición religiosa ha acentuado el sentimiento de la excepcionalidad humana dentro del universo. Nos situamos jerárquicamente en la cima de los seres vivientes, aunque no disponemos hasta hoy de ningún documento notarial en el que los otros animales hayan reconocido nuestra condición privilegiada como reyes de la naturaleza. Queremos más a nuestros parientes si compartimos toda una vida con ellos y no solo por los vínculos de consanguinidad. “El cariño nace del roce”, dicen las ancianas guajiras. En ese mismo sentido las relaciones afectivas con los animales que viven en nuestro hogar están mediadas por la protección que les damos, la frecuente interacción emocional y la residencia compartida. Los considerarlos como parientes no humanos. Escribo esta columna en homenaje a Fania, la tierna, pequeña y territorial compañera de mi amiga escritora María Matilde Rodríguez. Sé que tuvo una hermana llamada Cuba con la que no se llevaba bien. No puedo decir donde estudió Fania, ni sé mucho de su vida laboral o amorosa, pero sé que todos la queríamos y nos duele su ausencia. Sus gestos seductores y su belleza siempre me hicieron ver en ella la versión canina de Briggite Bardot. Su vida y carácter me recuerdan la célebre frase de Irvin Hallowell “el mundo está lleno de personas, algunas de las cuales son humanas y otras no”.

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La corrupción bloquea la competitividad

Es que el problema de fondo no radica en la falta de recursos, sino en la manera como se gobierna el departamento. Discúlpeme, señor gobernador, pero ya es hora de pasar de la imagen al cumplimiento de la palabra. El puesto 25 del Índice Departamental de Competitividad (IDC) con un puntaje de 4,23 sobre 10, es mucho más que una estadística desfavorable: es el reflejo de un fracaso institucional que se ha perpetuado durante décadas. Este indicador, sumado a los niveles de pobreza multidimensional que afectan a casi el 40% de la población, evidencia una paradoja dolorosa: un territorio con ventajas competitivas, recursos naturales abundantes y una ubicación geográfica estratégica, pero sumido en la escasez y la desesperanza, porque la bonanza de recursos no se traduce en bienestar para la gente. La explicación la ve un ciego: la corrupción sistémica y la incapacidad institucional han desviado los recursos que deberían resolver los problemas de la gente. ¿En qué se traduce este bajo desempeño? El IDC evalúa factores esenciales como educación, salud, infraestructura, mercado laboral, instituciones e innovación, y estar en el puesto 25 de 33 no es un accidente, sino el reflejo de problemas muy profundos. Por ejemplo, el 1,84 en sistema financiero y 1,56 en innovación, son los puntajes más bajos del país, y significa que prácticamente no existe un ecosistema de innovación ni inclusión financiera en La Guajira: emprender es una odisea por falta de crédito, y brillan por su ausencia las políticas públicas de ciencia y tecnología. Las consecuencias están, entre otros aspectos, en la pobreza multidimensional que triplica el promedio nacional; en la ausencia de políticas públicas efectivas en educación, salud, empleo y vivienda; en la escasez de servicios básicos, alimentos y falta de oportunidades de empleo formal. ¿Tanto de todo para no tener nada resuelto? Es que el problema de fondo no radica en la falta de recursos, sino en la manera como se gobierna el departamento, y la gestión pública se ha reducido, en buena medida, a una estrategia de visibilidad mediática: viajes, videos, publicaciones en redes sociales y una permanente exposición pública. ¿Cuánto gasta la gobernación de La Guajira en medios de comunicación? Esta actitud, más propia de un “influencer” buscando “likes” que, de un verdadero líder comprometido con el desarrollo, revela una desconexión con las necesidades urgentes de la población y una falta de compromiso con las promesas de campaña. La crisis de La Guajira es, ante todo, el resultado de una captura institucional por parte de intereses políticos y económicos que han privilegiado el beneficio personal sobre el bien común, convirtiendo la corrupción en la regla. La Contraloría General sitúa a La Guajira en la cabeza de las irregularidades en el manejo de regalías; el dinero público se ha convertido en botín de intereses particulares, y las necesidades básicas de la gente siguen sin ser atendidas. Mientras unos pocos se enriquecen o hacen carrera política con los recursos públicos, la gran mayoría de los guajiros permanece sin las condiciones mínimas para una vida digna. No se puede seguir siendo el espejo roto del fracaso institucional colombiano. Es imperativo fortalecer los sistemas de control y transparencia, reactivar los procesos judiciales engavetados y garantizar que los responsables de la corrupción enfrenten las consecuencias de sus actos. El departamento debe apostar, de manera decidida, por la diversificación económica, aprovechando su potencial en energías renovables, turismo, agroindustria y logística internacional. Pero, sobre todo, necesita una administración pública que abandone la autopromoción y se concentre en la gestión ética, eficiente y transparente de los recursos. La transformación de La Guajira exige un pacto colectivo que involucre a todos los sectores: gobierno, empresarios, academia, organizaciones sociales y ciudadanía. El IDC debe ser la línea base para exigir resultados medibles y rendición de cuentas. En cuatro años, La Guajira debe haber ascendido significativamente en los indicadores nacionales, demostrando que es posible revertir décadas de atraso cuando existe voluntad política y compromiso social. Las ventajas comparativas del departamento no se pueden desperdiciar por la incapacidad y la corrupción de quienes tienen la responsabilidad de gobernar. La historia no perdonará a quienes, teniendo la oportunidad de cambiar el destino del departamento, prefirieron el espectáculo mediático a la gestión real. Hay que transformar la riqueza natural en prosperidad para todos los guajiros. Y como dijo el filósofo de La Junta: “Se las dejo ahí…”

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