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21 mayo, 2026

Opinion

Obituarios de animales

Queremos más a nuestros parientes si compartimos toda una vida con ellos y no solo por los vínculos de consanguinidad. “El cariño nace del roce”, dicen las ancianas guajiras. En ese mismo sentido las relaciones afectivas con los animales que viven en nuestro hogar están mediadas por la protección que les damos, la frecuente interacción emocional y la residencia compartida. Los considerarlos como parientes no humanos. En abril del año 2003 un periódico del Estado norteamericano de Iowa publicó un obituario dedicado a Bear, un labrador negro que había fallecido una mañana de ese mes a sus trece años de edad. Era el primer obituario que se le hacía a un animal en ese medio de comunicación y su publicación desató una intensa tormenta emocional. Como la nota póstuma de Bear, el perro, estaba al lado del obituario de Georgi, el humano, la cuñada del segundo estalló de indignación y en una carta al editor del diario consideró la nota como desagradable e irrespetuosa. Los obituarios de este tipo nos llevan a discutir el valor y la dignidad que otorgamos a las vidas de animales y humanos. Esta discusión, tan oportuna como pertinente, está recogida en un artículo de la antropóloga Jane Desmond, profesora de la Universidad de Illinois, llamado: Animal Deaths and the Written Record of History. De los obituarios se ha dicho que tienen que ver más con la vida que con la muerte. El deseo de escribir un obituario surge cuando se trata de la muerte de seres queridos cuya partida afecta nuestro ánimo y nos lleva a vivir un genuino estado de luto. Los indígenas wayuu pueden llorar cuando muere una vaca que fue entregada como pago por la muerte de un tío materno. Inevitablemente las dos muertes se encuentran vinculadas y la ocurrencia de la muerte del animal revive la de su pariente humano. El pensamiento occidental ha levantado una barrera ontológica insalvable entre la humanidad y la animalidad. Con frecuencia se objetifica a los animales como si se tratase de simples mecanismos vivientes y se les percibe como animados relojes de cuerda. Olvidamos, sin embargo, nuestra condición de primates y, por tanto, nuestra propia animalidad. La tradición religiosa ha acentuado el sentimiento de la excepcionalidad humana dentro del universo. Nos situamos jerárquicamente en la cima de los seres vivientes, aunque no disponemos hasta hoy de ningún documento notarial en el que los otros animales hayan reconocido nuestra condición privilegiada como reyes de la naturaleza. Queremos más a nuestros parientes si compartimos toda una vida con ellos y no solo por los vínculos de consanguinidad. “El cariño nace del roce”, dicen las ancianas guajiras. En ese mismo sentido las relaciones afectivas con los animales que viven en nuestro hogar están mediadas por la protección que les damos, la frecuente interacción emocional y la residencia compartida. Los considerarlos como parientes no humanos. Escribo esta columna en homenaje a Fania, la tierna, pequeña y territorial compañera de mi amiga escritora María Matilde Rodríguez. Sé que tuvo una hermana llamada Cuba con la que no se llevaba bien. No puedo decir donde estudió Fania, ni sé mucho de su vida laboral o amorosa, pero sé que todos la queríamos y nos duele su ausencia. Sus gestos seductores y su belleza siempre me hicieron ver en ella la versión canina de Briggite Bardot. Su vida y carácter me recuerdan la célebre frase de Irvin Hallowell “el mundo está lleno de personas, algunas de las cuales son humanas y otras no”.

Opinion

La corrupción bloquea la competitividad

Es que el problema de fondo no radica en la falta de recursos, sino en la manera como se gobierna el departamento. Discúlpeme, señor gobernador, pero ya es hora de pasar de la imagen al cumplimiento de la palabra. El puesto 25 del Índice Departamental de Competitividad (IDC) con un puntaje de 4,23 sobre 10, es mucho más que una estadística desfavorable: es el reflejo de un fracaso institucional que se ha perpetuado durante décadas. Este indicador, sumado a los niveles de pobreza multidimensional que afectan a casi el 40% de la población, evidencia una paradoja dolorosa: un territorio con ventajas competitivas, recursos naturales abundantes y una ubicación geográfica estratégica, pero sumido en la escasez y la desesperanza, porque la bonanza de recursos no se traduce en bienestar para la gente. La explicación la ve un ciego: la corrupción sistémica y la incapacidad institucional han desviado los recursos que deberían resolver los problemas de la gente. ¿En qué se traduce este bajo desempeño? El IDC evalúa factores esenciales como educación, salud, infraestructura, mercado laboral, instituciones e innovación, y estar en el puesto 25 de 33 no es un accidente, sino el reflejo de problemas muy profundos. Por ejemplo, el 1,84 en sistema financiero y 1,56 en innovación, son los puntajes más bajos del país, y significa que prácticamente no existe un ecosistema de innovación ni inclusión financiera en La Guajira: emprender es una odisea por falta de crédito, y brillan por su ausencia las políticas públicas de ciencia y tecnología. Las consecuencias están, entre otros aspectos, en la pobreza multidimensional que triplica el promedio nacional; en la ausencia de políticas públicas efectivas en educación, salud, empleo y vivienda; en la escasez de servicios básicos, alimentos y falta de oportunidades de empleo formal. ¿Tanto de todo para no tener nada resuelto? Es que el problema de fondo no radica en la falta de recursos, sino en la manera como se gobierna el departamento, y la gestión pública se ha reducido, en buena medida, a una estrategia de visibilidad mediática: viajes, videos, publicaciones en redes sociales y una permanente exposición pública. ¿Cuánto gasta la gobernación de La Guajira en medios de comunicación? Esta actitud, más propia de un “influencer” buscando “likes” que, de un verdadero líder comprometido con el desarrollo, revela una desconexión con las necesidades urgentes de la población y una falta de compromiso con las promesas de campaña. La crisis de La Guajira es, ante todo, el resultado de una captura institucional por parte de intereses políticos y económicos que han privilegiado el beneficio personal sobre el bien común, convirtiendo la corrupción en la regla. La Contraloría General sitúa a La Guajira en la cabeza de las irregularidades en el manejo de regalías; el dinero público se ha convertido en botín de intereses particulares, y las necesidades básicas de la gente siguen sin ser atendidas. Mientras unos pocos se enriquecen o hacen carrera política con los recursos públicos, la gran mayoría de los guajiros permanece sin las condiciones mínimas para una vida digna. No se puede seguir siendo el espejo roto del fracaso institucional colombiano. Es imperativo fortalecer los sistemas de control y transparencia, reactivar los procesos judiciales engavetados y garantizar que los responsables de la corrupción enfrenten las consecuencias de sus actos. El departamento debe apostar, de manera decidida, por la diversificación económica, aprovechando su potencial en energías renovables, turismo, agroindustria y logística internacional. Pero, sobre todo, necesita una administración pública que abandone la autopromoción y se concentre en la gestión ética, eficiente y transparente de los recursos. La transformación de La Guajira exige un pacto colectivo que involucre a todos los sectores: gobierno, empresarios, academia, organizaciones sociales y ciudadanía. El IDC debe ser la línea base para exigir resultados medibles y rendición de cuentas. En cuatro años, La Guajira debe haber ascendido significativamente en los indicadores nacionales, demostrando que es posible revertir décadas de atraso cuando existe voluntad política y compromiso social. Las ventajas comparativas del departamento no se pueden desperdiciar por la incapacidad y la corrupción de quienes tienen la responsabilidad de gobernar. La historia no perdonará a quienes, teniendo la oportunidad de cambiar el destino del departamento, prefirieron el espectáculo mediático a la gestión real. Hay que transformar la riqueza natural en prosperidad para todos los guajiros. Y como dijo el filósofo de La Junta: “Se las dejo ahí…”

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