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noviembre 13 de 2018
NOTICIAS

Velorios champeteados y bailados

Las imágenes circulan por redes sociales con su reguero de estupefacción, incredulidad y caras arrugadas.
Departamento - 2018 / 10 / 22

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Por: Abel Medina Sierra

Las imágenes circulan por redes sociales con su reguero de estupefacción, incredulidad y caras arrugadas. Se trata de videos que muestran un velorio de un barrio popular de afrodescendientes en la que algún “prevenido” testigo quiso registrar con su dispositivo la paradoja entre goce y pena, entre vida y muerte, entre llanto y risa. Tras el ataúd que traslada los restos de un joven, va un desfile de amigos, muy pocos visten de luto. Entre ellos, en un carro, la estridente presencia de un pequeño picó, fugado de las verbenas.  Las chicas se contonean; pases de perreo, choque, twerking o dembow explotan en esos cuerpos sudorosos. Todos cantan al unísono la champeta de moda, esa que tanto escuchaban el difunto y la que una vez le pidió a un “vale” que no faltara en su sepelio, como advirtiendo la inminente cercanía de la desgracia. Otro video muestra un sepelio en el que, sobre el ataúd, se van turnando las chicas de la tribu del difunto, cada una con seductoras y muy explícitas poses y pases de baile, como dándole su último toque de perreo al que ya se va.

Se ha vuelto muy común, que los sepelios de los barrios marginales, cuando el difunto es un joven champetúo, no falte la música a alto volumen, tampoco que quienes acompañen canten y bailen. La canción “El columpio” del Afinaito, se ha vuelto impajaritable en los sepelios de la cultura champetúa y sus versos como: “Si hablamos de mis amigos/ yo tuve uno que el cáncer se lo llevó/

Y a mi compadre lo mataron/ cuando pienso en él/ La vida es linda, pero a al mismo tiempo es cruel” y el coro de “La vida es columpio que…. Sube y baja sin parar/ aunque hay unos que no están/ ser feliz contigo es lo que quiero” parece recordar la línea de dos caras, pero también de continuidades entre la ausencia y la presencia, dolor y amor.

Los ritos funerarios no escapan a estos tiempos en que los jóvenes todo lo reinventan fundiendo tradiciones con espectacularidad. Recuerdo las voces de estupor de algunos vecinos en Maicao, cuando se supo que, a una caseta o verbena, llevaron el cuerpo de un muchacho champetúo, para que disfrutara de su último baile. El ataúd era balanceado y a su alrededor, las compañeras de tribu urbana se contoneaban con espasmos sensuales como manera de honrar a su amigo. 

Las diferentes formas de despedir al cadáver varían en función de las creencias religiosas, la geografía, la cultura y el rango social. Las religiones juegan un papel importante a la hora de influir de formas positiva, negativa o neutra en todas las personas al pensar en su propia muerte o sobrellevar las muertes ajenas.  De allí que, quienes bailan alrededor del difunto y lo despiden con música, parten de la concepción que hay vida después de la muerte, que el difunto puede, desde el umbral de otra dimensión, observar y escuchar estas demostraciones de afecto, dolor y camaradería.

En Riohacha y en muchas otras partes, la costumbre de usar música es de vieja data. Sepelio que se respete en la catedral Nuestra de Los Remedios, se hace acompañar de una banda musical de viento, quienes ya tienen su repertorio de marchas y valses para la ocasión. Es un acto de distinción, gala y refinamiento para ocultar el dolor. Así como las gafas oscuras ocultan las lágrimas, la música atenúa la fuerte carga de dolor en estos sepelios de clase media y alta. Lo anterior demuestra que no se trata solo de clases populares, aunque cada ritual lleva la marca de quien lo ofrenda.  

Para entender la presencia de música y danza en los rituales funerarios de la cultura champetúa, habrá que recordar de dónde viene esta música y el sustrato de esta cultura. En Palenque, desde donde emergió ese coctel musical llamado champeta, uno de sus rituales más emblemáticos es el lumbalú, un muy particular ritual funerario. El tambor, llamado pechiche, suena durante las nueve noches del velorio animando el bullerengue, danzas, juegos y cantos de velorios. Las mujeres danzan alrededor del ataúd del fallecido, una cantadora lleva la iniciativa recitando versos y el resto de mujeres le responde con un estribillo fijo, se trata del estilo africano llamado responsorial o antifonal. De allí, que las velas del velorio desde hace muchos años se han fugado para el baile y eso revela que, en la diáspora africana, se vinieron prácticas en los cuales se evidencia que la muerte también es un espacio ritual para la danza y la música.

Eso lo demuestra también el ritual el gualí y el alabao en la costa pacífica. Estas manifestaciones son el acompañamiento espiritual y musical para despedir y guiar los niños y adultos fallecidos a su destino. Se interpretan los gualí, o chigualo como ritual cuando muere un niño, y son líricas de juegos, rondas y juegos, arrullos o que relatan su corta vida y algunas oraciones. El altar se decora colorido y el niño se viste de blanco, y mientras se cantan los gualíes, el féretro del niño fallecido se zarandea dentro de la rueda de la danza. Los alabaos, son cantos y líricas tristes, son interpretados a varias voces en forma coral y como canto responsorial, para despedir a un adulto.

No solo en nuestro territorio colombiano, nuevas y espectaculares prácticas en los velorios están escandalizando a la gente. En la China, país tan tradicional, el gobierno ha emitido normas para prohibir lo que viene sucediendo en sepelios de la zona rural, en especial en Taiwán. Están contratando stripers, bailarines, cantantes, acróbatas, contorsionistas, cuentachistes y hasta payasos para estos rituales.   Los expertos sostienen que es una manera de atraer público, así no sea doliente del difunto. En la China, la existencia de una gran muchedumbre es considerada como una forma de honrar al difunto, hace que su sepelio sea muy recordado y esto explica esa ostentación tan peculiar a la que, ojalá, no lleguemos.

 

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