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diciembre 12 de 2018
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Efraín Segundo Curiel Pimienta “Tatachú”

"Una generación de maestros ha dejado una huella profunda en la sociedad criolla contemporánea de Riohacha y La Guajira"
Departamento - 2018 / 10 / 01

Este es un espacio de expresión libre e independiente que refleja exclusivamente los puntos de vista de los autores y no compromete el pensamiento ni la posición de www.guajirapress.com

Por:  Ángel Roys Mejía @Riohachaposible

Una generación de maestros ha dejado una huella profunda en la sociedad criolla contemporánea de Riohacha y La Guajira, formados en la escuela con el precepto de que la letra con sangre entra difundida a través del texto pedagógico “La alegría de leer” cuya primera edición conoció la luz pública en 1930, bajo la orientación del educador y pedagogo valluno Evangelista Quintana. He aquí el primero de una encomiable lista.

Al maestro Efraín Curiel, más conocido como Tatachú, nacido en 1940 en Riohacha, hijo de Juan Manuel Curiel Gómez y María del Transito Pimienta Ortiz, cuyas raíces se tejen entre migrantes de origen sefardita provenientes de Curazao y Coro y el ancestro raizal afroguajiro, la oportunidad de convertirse en educador por más de 40 años, le llegó de forma fortuita y como compensa de un revés en la economía familiar por un mal negocio hecho por su padre. Se encontraba en Cartagena al finalizar sus estudios de bachillerato en la Divina Pastora, en la segunda promoción graduada en 1962, preparando sus diligencias para embarcarse a México con el fin de cursar estudios de medicina, cuando fue notificado de la infausta noticia económica. Al llegar a Riohacha el destino le había resguardado un camino para que se convirtiera en docente, gracias a la calidad de la formación que se impartía en esos años, que aportaban alta calificación a los bachilleres para ejercer los menesteres de la educación. Los bachilleres de entonces eran como los profesionales de ahora.    

Con un sueldo de 298 pesos con 89 centavos se inició como profesor en 1963 en medio de los avatares que irrumpieron en los valores de la sociedad tradicional guajira asociados a la bonanza marimbera y la tergiversación altanera de valores y que empezaban a cuestionar los principios que se conducían desde la urbanidad de Carreño, la tutela de sacerdotes españoles y el conservadurismo de la familia regional.

Efrain Curiel Pimienta se convirtió en un metódico profesor de matemáticas con un carácter inalterable, que insistía en la necesidad de que todos los alumnos comprendieran los temas tratados antes de continuar con su secuencia pedagógica, rasgo que reflejaba su noción de honradez y compromiso; apropiado de un don de organización otorgado por el pensamiento numérico y de hablar preciso y categórico. El Tatachú no le viene por fama de rajador como muchos pensaban de primera mano, es un apodo de línea familiar y consentido por él. 

Hoy a los 78 años su rutina contra el tedio se transfigura en un recorrido por la ciudad a la que ha visto represarse en el tiempo, pero por la que sigue fundando esperanzas. Espera los domingos para resguardarse en la palabra compartida, en el calor de la familia ampliada y en la buena mesa de su compañera, Gelsomina Gómez Gutiérrez. La familia tiene una propiedad en la primera calle del barrio Marbellla, ubicada sobre un promontorio frente al mar y cuyo aire y paisaje se convierten en un aliciente para el espíritu.

Disfrutando los años de otoño viendo crecer a los nietos recomienda a las presentes generaciones que lean. Recuerda un libro en particular de autoría del escritor español Arturo Cuyás Armengol, “Hace falta un muchacho”, ensayo que pretende formar el corazón, despertar la voluntad y modelar el carácter de los jóvenes en el periodo de la adolescencia. Sabe que son otros tiempos, pero rememora a Bolombolo y Piel Canela, el garrote y la fusta que empleaba su maestro “Papayí”, Luis Alejandro López Ávila, para enderezar la disciplina y templar las vitales cuerdas de los muchachos a mitad del pasado siglo XX.   Para el un maestro no solo forma intelectualmente a sus discípulos, también los prepara para la vida y para que se constituyan en hombres de bien.

Papayí y Tatachú, primero maestro y alumno, tiempo después condiscípulos y contertulios fundaron una solida amistad en la que fueron mitigando los años del recio modelo educativo instaurado sobre el criterio de corregir mediante castigo físico y penitente, materializado con garrote y perrero. Tatachú lo soportó con estoicismo y aun hoy, lo sigue agradeciendo.

 

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