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junio 24 de 2018
NOTICIAS

De los cachos y otros demonios

“No es mi lugar explayarme en los detalles de la infidelidad, mucho menos juzgar moralmente el hecho”
Por: Laura José Almazo - Antropóloga - 2018 / 03 / 01

Cachona, infiel, ansiá, son muchos de los calificativos que pululan en las redes sociales por estos días y cada mes esos mismos títulos se le endosan a una des- graciada diferente. El año pasado Colombia fue testigo de los cuernos que le montaron a un trabajador minero en el Cesar, estos posteriormente dieron vida a centenares de memes y hasta canciones. De ese desafortunado episodio surgió el: rico rico tas tas. Hace un poco más de tiempo, vimos a una estoica esposa, entrelazar las manos de su conyugue en una entrevista radial, después que se expusiera una grabación que develaba las ocultas inclinaciones sexuales del mismo, quien además era una figura política nacional. Ahora, los protagonistas son la farándula local. La farándula vallenatera no ha resistido que en un género que engalana a la mujer y aplaude al hombre mujeriego, se haya desafiado el statu quo y sea una mujer la que le adornara la frente a su esposo con gigantescos cuernos de varios años de crecimiento.

No es mi lugar explayarme en los detalles de la infidelidad, mucho menos juzgar moralmente el hecho. Lo que ocupa a este artículo es la carga que afronta la mujer en las infidelidades, sea ella quien las cometa o quien las soporte. En ambos casos somos nosotras quienes asistimos al paredón de los acusados. La mujer es la llamada a ser la impoluta, incorruptible y escudo del fuerte que se supone es el matrimonio. No podría , yo,  de ninguna manera dar lecciones de matrimonio, pero es bien sabido que en la mayoría de rituales matrimoniales occidentales, ambos contrayentes hacen los mismos votos – honestidad, fidelidad, lealtad- Entonces, por qué es solo la mujer la soslayada y lapidada, cuando esos votos se rompen? Vivimos en una sociedad que naturaliza la infidelidad masculina, como un comportamiento inherente, tolerable, irreprochable e incluso aplaudido. La infidelidad es una transgresión a las normas establecidas del pacto marital, sintomático de un vínculo en crisis y debería ser igual de lamentable independientemente del sexo de quien la cometa. Esta naturalización de la infidelidad masculina se evidencia claramente en algunas letras vallenatas:

“Yo sé bien que te he sido infiel

pero en el hombre casi no se nota

pero es triste que lo haga una mujer

porque pierde valor y muchas cosas”

O de ese otro que dice...

“Yo reclamo el mismo trato

cuando tú fallaste yo te perdoné

y a pesar que no es lo mismo

porque más marcada queda una mujer”

Y sí… desmarcáramos a las mujeres?  ¿Sí le quitáramos la censura?  ¿Sí pensáramos en que estas fallas son dolorosas, tristes y terribles, independientemente de si es el esposo o la esposa quien las comete? ¿Sí las miramos sin morbo? ¿Sí por un momento nos olvidamos de hombres débiles por los tragos o presos de las hormonas? Ese sería un pequeño paso que toma distancia de las estructuras patriarcales, heteronormativas y misóginas que acaban y oprimen la vida de mujeres en el mundo, día a día. Y de ñapa, podríamos pensar en las consecuencias nefastas para hijos, hermanos y padres de los afectados.  Esos hijos señalados por errores ajenos, que además deben soportar el drama de la ruptura de su mundo, si pensáramos por un segundo en el proverbio africano que reza: "Cuando dos elefantes se pelean quien más sufre es la hierba que pisan”. Tal vez haciendo ese ejercicio podríamos asistir al funeral del monstruo machista que La Guajira lleva por dentro.

 

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