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junio 24 de 2018
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Jepe que jepe

La arquitectura del andamiaje cultural aún no tiene vida propia en La Guajira.
Por: Ángel Roys Mejía @Riohachaposible - 2018 / 02 / 26

De nada ha servido las ganancias históricas de la ley general de cultura, la implementación del Sistema, los planes decenales y quinquenales, los planes de desarrollo, el fortalecimiento de las veedurías a través de los Consejos territoriales y las correrías de la tropa del Ministerio insistiendo en los mismos programas de hace más de 10 años. Todo se agota en el menudo capricho de un director y su nombramiento.

La arquitectura del andamiaje cultural aún no tiene vida propia. La formación, el estímulo, la circulación y demás procesos se estrellan contra una realidad nominal que socava lo institucional y lo reduce al determinante criterio de en quien se confían los destinos de las instituciones culturales. Si no hay director, todo se frena aunque no sea nominador del gasto y en consecuencia, la crisis de la horrible noche de La Guajira, ha tenido sus picos más agudos en el sector cultural, sin doliente alguno.

Una costumbre que se volvió inveterada y que en el gobierno de José Luis González alcanzó la mayor manifestación de complacencia en la inversión, cuando por vía de recursos de regalías y otros se tributaron a la cultura casi 5 mil millones de pesos, es que la decisión sobre los proyectos y su financiación se movilizan al ritmo del “jepe que jepe” y al capricho de quien dirija la institución. En ese son, han empezado a disminuir las convocatorias y los recursos se han empeñado a dedo.

Por ejemplo, si en la asignación de los recursos a literatura y a danzas le corresponden en el plan de inversión 10 y 20 millones respectivamente, el criterio para aplicar en el determinado caso que lleguen muchas solicitudes como suele suceder, es la subjetividad del director y en casos excepcionales, el guiño del gobernador o un dirigente cercano al gobierno. No existe mecanismo de selección de propuestas, ni requisito técnico, salvo que esté contemplado o tenga el amparo de lo dispuesto en el Plan de Desarrollo. Allí, en consecuencia, se puede acomodar hasta un elefante.

El Ministerio de Cultura ha venido insistiendo a las instancias territoriales en la necesidad de disponer más recursos para convocatorias públicas en el propósito de otorgar amplios terrenos a la transparencia. Varios municipios del país ya han entrado en esta dinámica. En Medellín por ejemplo, este año se entregarán más de 11 mil millones, que corresponden a 700 estímulos para el arte y la cultura.

En ese mismo sentido, con lo sistémico de la disminución de los recursos de inversión, se impacta negativamente los dineros correspondientes a la estampilla pro cultura que junto a la precariedad de las regalías directas y a la destinación específica de los impuestos nacionales al consumo de telefonía móvil para patrimonio, son los remanentes de inversión para el sector, que exigen criterios más serios al momento de asignar y aplicar con procesos y proyectos. El presupuesto aprobado por la Asamblea para el sector asciende a 3.200 millones para este año; cifra insuficiente para las distintas dinámicas que posicionan el nombre del departamento por fuera de la estela de hambre y corrupción, pero se vuelve escandalosa cuando su distribución y ejecución se emplea para favorecimientos arbitrarios.

Por su parte, al Fondo Mixto le queda el exigente camino de la formulación de proyectos al Ocad, la gestión de recursos de cooperación y ganar la confianza de municipios y demás entidades para la administración de convenios de inversión en cultura, para lograr su consolidación autonómica como instancia sobreviviente del SGC. De lo contrario se condenará a existir como una rémora de la administración departamental y subsistir también por capricho.

Por qué lo padecí como responsable de una entidad cultural cuando me correspondió y también como gestor cultural y cultor cuando ha habido lugar, es que me atrevo a clamar para que el destino de los recursos no se sigan decidiendo a la topa tolondra y se empiece a configurar una institucionalidad que ponga fin al jepe que jepe.

 

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